A través de la historia Dios ha demostrado que desea la cooperación del hombre para llevar adelante sus planes y designios de salvación. Así pues podemos ver cómo desde al antiguo testamento llamó a los profetas para que actuaran en su nombre y según su voluntad, anunciaran a su pueblo la salvación; también para enviar a su Hijo Unigénito pidió el consentimiento y la cooperación de María y José, y luego para llevar adelante su plan de redención llamó a los apóstoles para conformar su Iglesia.
En el Evangelio podemos ver con claridad cómo Jesús confiere el poder a los apóstoles para que en su nombre perdonen los pecados: “A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos” Juan 20,22-23. Ese poder conferido por Jesús a los apóstoles, ha llegado hasta nuestros días a través de sus sucesores. Por lo tanto este sacramento muy lejos de ser una invención humana, es un signo palpable de la infinita misericordia de Dios para con nosotros, pues no quiere la condenación sino la salvación del pecador.
Es frecuente encontrar toda una gama de interpretaciones a este respecto, incluso dentro de nuestra iglesia hay quienes cuestionan la necesidad de este sacramento, y dicen que ellos prefieren “confesarse directamente con Dios”. Es interesante esta afirmación pues efectivamente es Dios quien perdona los pecados, pero como dice el mismo evangelio “no hay nada imposible para Dios” (Lucas 1,37), por lo tanto cuestionar que Dios pueda perdonar los pecados a través del sacerdote, es cuestionar no sólo su autoridad sino también su sabiduría infinita.
Es también frecuente escuchar a quienes afirman que ¿por qué ellos tiene que decir sus pecados a un hombre que es tan o más pecador que ellos? Y a primera vista podría pensarse que este sí es un argumento válido, pero lo que realmente subyace bajo esta afirmación es una manera de defenderme desde mi orgullo del reconocimiento expreso de mi debilidad, pecado y miseria. Una cosa es que seamos capaces de reconocer interiormente que nos hemos equivocado, y otra muy distinta tener que confesarlo a otro hermano que aunque aparentemente es igual que yo, no actúa en nombre propio sino en el nombre de Cristo.
Por lo tanto la confesión constituye un acto de humildad, a través del cual no sólo son perdonados nuestros pecados, sino que es restaurada en nosotros la gracia que por causa del pecado habíamos perdido.
¡Vive Su Misericordia, construyamos fraternidad!
@enticonfio2012
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